El día en que Santa Marta lloró al ‘Ciclón’: cuando el Unión Magdalena se fue a Montería

Foto: Derechos reservados/ELINFORMADOR

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Han pasado 20 años desde aquel lunes 16 de mayo de 2005, cuando los samarios amanecieron con la noticia más dolorosa para su historia deportiva: el Unión Magdalena, el equipo del alma, dejaba la ciudad para mudarse a Montería.


“Se fue el Unión”, tituló EL INFORMADOR, reflejando la tristeza, el enojo y la impotencia de una afición que vio partir al club que había nacido en sus calles, jugado en su estadio y llevado el nombre del departamento a todo el país.

El traslado del equipo, entonces dirigido por Eduardo Dávila, fue motivado por problemas financieros y administrativos que hacían inviable su permanencia en Santa Marta. La crisis económica, la falta de apoyo institucional y el bajo rendimiento deportivo terminaron por sellar un hecho que muchos consideraron una traición a la identidad futbolera del Magdalena.

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En aquella edición, este diario recogió la voz de los hinchas, que entre lágrimas y resignación, expresaron su frustración. “Es injusto que se vaya el Unión porque la afición queda huérfana”, dijo Alberto Manjarrés, uno de los entrevistados. Otros, como Ignacio Acosta, lamentaban que “los directivos se olvidaron del club y ahora es muy tarde para llorar”.


Especial de deportes lunes 16 de mayo de 2005. Foto: Derechos reservados/ELINFORMADOR

Las imágenes mostraban a un plantel que posaba por última vez con la camiseta bananera en el estadio Eduardo Santos. El ambiente era de nostalgia y desencanto. “El Unión ya no jugará más en Santa Marta”, se leía debajo de la foto del equipo.

El éxodo del Ciclón Bananero hacia Montería duró poco, pero marcó una herida profunda en la memoria deportiva de la ciudad. Santa Marta se quedó sin fútbol profesional, y con ello, perdió una parte de su identidad.

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Hoy, dos décadas después, el recuerdo sigue vivo entre los hinchas que nunca dejaron de creer, los mismos que años después celebraron el regreso del Unión a casa y su ascenso al fútbol profesional.

Aquella partida de 2005 quedó registrada en la historia como uno de los capítulos más tristes del deporte samario, pero también como una prueba de que el amor por los colores azul y rojo resiste al tiempo, al olvido y a la distancia.

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