El dolor que desgarró a Colombia hace cuarenta años

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Este noviembre se conmemoraron los cuarenta años de dos hechos que conmovieron las fibras más íntimas de la sociedad colombiana y que marcaron para siempre la vida de los que los vivimos.  La toma del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero.

Versiones indican que la toma del Palacio de Justicia fue el prólogo del terrorismo que posteriormente desató el Pablo Escobar y el Cartel de Medellín contra el estado y la sociedad colombiana.  Versiones apuntan a que el grupo terrorista M-19, del cual hizo parte Petro, fue contratado por Escobar para desaparecer los expedientes y así impedir su extradición a los Estados Unidos.  Irónico que por estos días Petro haya pronunciado las mismas palabras que Escobar utilizó para justificar el terrorismo: prefiero una tumba en Colombia a una cárcel en los Estados Unidos.

Creo que fue la primera vez que los colombianos vimos en vivo y en directo algo semejante a la retoma del Palacio de Justicia por nuestras fuerzas militares.  Imágenes impresionantes.  Hoy, el intento de reescribir la historia e intentar culpar al estado de la tragedia, resulta mezquino.  Quién dio lugar a los hechos, el M-19, es el único culpable de todo lo sucedido.

Una semana después de lo del Palacio de Justicia, ocurrió la tragedia de Armero.  Una tragedia sin precedentes en nuestro país, que nos dejó imágenes desgarradoras de una niña a la que nadie pudo salvar: Omaira.  Imágenes de esa niña resignada, que respiraba santidad nos hicieron llorar a todos los colombianos.  Pienso con mucha frecuencia en Omaira, y trato de aprender de su actitud para confrontar la hora difícil, la hora final.  Como olvidar el sentimiento de impotencia al ver que toda la tecnología del mundo no sirvió para salvarle la vida; es que ver morir a una niña de esa manera y en vivo y en directo marca para siempre.

Pero fue aún peor ver a un gobierno impotente; ver a un presidente, Belisario Betancourt, envejecer de un día para otro abrumado por lo sucedido.  Sin duda un hombre de letras, un hombre honesto y serio, pero absurdamente incapaz.  El mismo se reconoció como un pésimo presidente, y una vez terminado su periodo abandonó la política para siempre. Esta es una lección para todos los que creen que la decencia y la honestidad son más que suficientes para gobernar un país tan complejo como Colombia.  Muchos dicen que, durante la crisis de la toma del Palacio de Justicia, hubo un golpe de estado transitorio, y que los militares fueron quienes gobernaron.  El M-19 pretendía hacerle un juicio público a Belisario. Recuerdo también la llamada del magistrado Reyes Echandía, presidente de la Corte Suprema, suplicando para que suspendieran las operaciones militares y salvar sus vidas.  Contraste marcado con la actitud de Omaira, pero qué le vamos a hacer, somos humanos, somos débiles, y muchas veces cobardes.  Otros magistrados asumieron con entereza y fortaleza de espíritu el momento, entendiendo que muy probablemente perderían la vida. 

Han pasado casi dos generaciones desde aquellos aciagos días. Tengo la sensación de que quizás Dios quería prepararnos para lo que vendría; todo el terrorismo desatado por Escobar al no lograr su cometido con la toma del Palacio, y que golpeó muy duro a los que vivíamos en Bogotá.

Es nuestro deber como mayores, no dejar caer en el olvido lo que vivimos, la historia del país y sobre todo, no dejar que los prejuicios de los tiempos intenten exculpar a los culpables y condenar a los inocentes.  Debemos impedir el esfuerzo por reinterpretar lo que no es susceptible de reinterpretación y que solo tiene por objeto adoctrinar a las nuevas generaciones para que acepten lo inaceptable.

Columna de Opinión e-mail: vivesg@yahoo.com

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