Me brota del alma escribir estas líneas, porque no todos los días nuestra ciudad cumple cinco siglos. Santa Marta, la Perla de América, llega a sus 500 años con el corazón latiendo entre la nostalgia de su historia gloriosa y el dolor de una realidad injusta. ¿Cómo no conmoverse ante una de las primeras ciudades fundadas de manera permanente en el continente suramericano?
Santa Marta no es solo una ciudad: es un símbolo de resistencia, un punto de encuentro entre culturas, etnias y memorias. Aquí convergen el legado indígena milenario de los pueblos tairona, arhuaco, wiwa, kogui y kankuamo con la herencia africana, el mestizaje criollo y la migración contemporánea. En sus calles coloniales, sus iglesias centenarias y en las paredes corroídas por la sal y el tiempo, aún se respira historia viva. Pero esa riqueza cultural no ha sido valorada como se merece.
Nuestra ciudad contiene la magia de tenerlo todo para ser una joya del Caribe y de Colombia entera: las imponentes nieves perpetuas de la Sierra Nevada —el corazón sagrado de los pueblos originarios—; las aguas cristalinas del Parque Tayrona que enamoran a propios y extraños; los ríos que descienden desde lo alto como venas de vida; las playas que se tiñen de naranja al atardecer y una biodiversidad que enmudece al más elocuente.
Empero, tenemos una herida abierta. Una herida originada por las décadas de abandono institucional, de alcaldes que pensaron más en sus bolsillos que en el futuro, de gobernadores que hicieron de la corrupción su principal programa de gobierno. Y lo más doloroso: lo hicieron y aún lo hacen, con la complicidad silenciosa de muchos samarios que prefieren mirar hacia otro lado, que se resignaron a vivir entre las aguas residuales, la improvisación y el clientelismo.
¿Cómo puede ser que una ciudad con tanto potencial no tenga un sistema de alcantarillado digno? ¿Cómo no sentirse herido al ver que la han saqueado, mientras su sierra, los ríos y playas claman respeto? ¿Cómo es posible que sus fuentes hídricas estén contaminadas, sus calles destruidas y sus barrios olvidados? Nos robaron el orgullo, nos acostumbraron a sobrevivir, y eso no es vida.
A 500 años de su fundación, Santa Marta no precisa más discursos vacíos ni promesas populistas. Necesita liderazgos valientes, ciudadanos comprometidos con lo público y profundamente enamorados de esta tierra. Exige samarios que despierten, que se indignen, que sueñen, que voten con conciencia, que exijan y construyan. ¡Merecemos más!
Porque Santa Marta no es de los politiqueros de turno, es de todos los que la amamos. Y si aún late su corazón entre el mar y la sierra, es porque no todo está perdido.
¡Vamos a devolverle la dignidad a la bahía más linda de América!
Columna de Opinión
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