*Marilyn Monroe cumple cien años y el mundo sigue enamorado de ella. Quizás porque en su mirada siempre podemos encontrar -dicen los más poetas- un reflejo de nuestras propias soledades y deseos.
Nadie sabe cómo hubiera envejecido Marilyn Monroe de haber vivido más de 36 años. La inteligencia artificial puede recrear el rostro que quizá habría tenido a los 70 u 80 años, pero no descifrar cómo hubiera sido su vida ni cómo habría evolucionado su carrera de quien un día coronó el ideal de belleza en el Olimpo de las diosas.
Tal vez por eso su memoria sigue intacta. Murió antes de enfrentarse a la decadencia inevitable que humaniza a los mitos. Nunca veremos a una anciana llamada Marilyn Monroe porque permanece atrapada para siempre entre el resplandor y la fragilidad, hoy cien años después de su nacimiento, el mito más platino continúa joven, intacta, desafiando al tiempo.
Marilyn no nació Monroe, fue esculpida por el deseo de una nación, que necesitaba un mito para sobrevivir a su propia decadencia y rigidez. La meca del cine moldeó su apariencia, su voz y hasta su biografía para crear un símbolo que eclipsó a la mujer que había detrás, mientras el país la utilizaba como bálsamo cultural en una época marcada por el conservadurismo y las tensiones de la Guerra Fría.
El 1 de junio de 1926, en Los Ángeles, una mujer llamada Gladys Pearl Baker dio a luz a Norma Jeane Mortenson. Fue una niña que creció entre hogares de acogida y silencios prolongados, una huérfana de ese Sueño Americano que atravesó la vida como pudo buscando su destino.
Su imagen —su característica melena rubia tan platina, que parecía retener la luz del sol, junto al rojo pasión de unos labios y una mirada cargada de ternura— era toda una invitación a la pasión y al drama al mismo tiempo. Una diosa que terminó convertida en logotipo, estampada en chapas, carteles y camisetas..., hasta hacer de su rostro un símbolo universal de erotismo y vulnerabilidad.
Inmortal de Hollywood
Cuando la cámara la descubrió en una fábrica de municiones durante la Segunda Guerra Mundial, no encontró solo una cara bonita; encontró una luminiscencia natural. Que Marilyn poseía una relación química con la lente nadie lo duda. Fue esa capacidad de fotogenia absoluta lo que la convirtió en el primer gran producto de consumo, que ahora llamamos global, pero también la primera prisionera de su propia imagen.
En el apogeo de su carrera, en los años cincuenta, Marilyn Monroe representaba la libertad que Estados Unidos aún no se atrevía a confesar. Mientras el país se refugiaba en el puritanismo de la posguerra, ella era la encarnación del deseo desinhibido. Sin embargo, su grandeza no radicaba solamente en su belleza evidente, sino también en su técnica artística.

Lo ha hecho con la exposición ‘Marilyn Monroe: ¡100 años!’, en su sede de París donde repasa, a través de fotografías, documentos, objetos personales, prendas de ropa originales y, sobre todo, extractos de sus películas, la trayectoria de aquella Norma Jeane Mortenson (Los Ángeles, 1926-1962) que nunca pudo ser.
Se muestra su vertiente como gran actriz, estudiosa y alumna de Lee Strasberg, uno de los nombres fundamentales del teatro y la interpretación en el siglo XX creador del Method Acting, versión norteamericana (desarrollada a partir de las ideas de Stanislavski) que buscaba sumar verdad y emotividad en cada toma.

A pesar de ello, Marilyn siempre tuvo ese tinte turbio de lo bonito y triste a la vez. Su vida fue una búsqueda frenética de amor y validación en los lugares equivocados: en los brazos de héroes del deporte como Joe DiMaggio, de intelectuales como e dramaturgo Arthur Miller, al que se rindió deseosa de aprender e incluso en los peligrosos pasillos del poder político. Cada uno de sus matrimonios y romances ¿no fue acaso un intento de Norma Jeane por encontrar el ancla que Marilyn le había arrebatado?. Pero poco a poco, el mito se alimentaba mientras la mujer se iba quedando exhausta.
Y así siguió incluso después de su muerte. En los sesenta, Andy Warhol y su pop art la convirtió en esa machacona imagen pop, multiplicando hasta la saciedad su rostro en serigrafías de vibrantes colores eléctricos que además de explotar su rostro como el más rentable souvenirs del reino del merchandising, quizás nos recuerde -en el mejor de los casos- que la celebridad es una forma de repetición infinita.

Artistas como Madonna, Lady Gaga, Rihanna o Marta Sánchez han bebido también en algún momento de su estética. Pero ninguna ha logrado reproducir ese misterio esencial, primigenio, —difícil de nombrar— que Marilyn proyectaba en cada fotograma. Con ella, la relación entre famosa y espectador se estrechó como si existiera un hilo secreto tendido hacia quien la miraba. Y es que poseía ese “no sé qué” que no se explica, salvo con sensaciones.
Marilyn tenia una personalidad decidida y pionera, una mujer que fundó su propia productora para intentar escapar de la presión y del yugo de los grandes estudios. Incluso se atrevió a desafiar -rodeada de relevantes amistades y contactos que poseía en todos los poderes- al racismo de la época al exigir que Ella Fitzgerald pudiera cantar en clubes donde los afroamericanos tenían prohibida la entrada.
Un siglo después de su nacimiento el mundo sigue esperando verla entrar con ese paso vacilante y esa sonrisa que parece pedir permiso para deslumbrarnos. Solo ella, y su compañera, Rita Hayworth, nos mostraron como el glamour es algo mas que apariencia, un vestido, una canción, o una manera de moverse...... sino ese don natural de iluminar con solo su presencia.
La muerte de Marilyn el 5 de agosto de 1962, con tan solo 36 años, fue el último acto de su transformación en leyenda. Ella nos invita a mirar más allá de imaginar su final, entre pastillas, la soledad de las noches entre llamadas nocturnas sin respuesta previas a la muerte.... porque lo que realmente merece celebración fue su vida.
Su desaparición dejó un vacío que Hollywood nunca pudo llenar, creando un género propio, el de la “Marilynology”, una mezcla de admiración estética, teoría conspirativa y duelo colectivo que no cesa.
Por: Amalia González Manjavacas
EFE Reportajes